Crónicas culturales/ Conferencias


Pedro Olalla. "El viejo futuro  de la democracia"

Dentro del ciclo organizado por el Centro de Cultura Contemporáneo de Barcelona titulado: “Vieja Europa Nuevas Utopías”, Pedro Olalla participó con una estimulante conferencia que  planteaba el futuro de la democracia en una Europa envejecida demográficamente.  El título de la exposición; “El viejo futuro de la democracia”, contiene una paradoja interesante, y es que para Olalla, la regeneración de la democracia debe ser protagonizado por los mayores.
En Europa, una de cada cuatro personas tiene ya más de sesenta años.  El envejecimiento demográfico es innegable, pero ¿es la democracia un proyecto compatible con un envejecimiento social que a menudo se asocia con el conservadurismo, la dependencia y la renuncia?
Sin embargo, el hecho de que en Europa la mitad de los votantes superen los 50 años no es la única razón para afirmar que nuestra sociedad está políticamente envejecida. Hay otra aún más poderosa, y es que nuestras deficientes  democracias han perdido el empuje trasformador, su esencia, los valores que se le conferían en sus orígenes. Parece pues que nuestro desafío para el futuro es devolver ese viejo ímpetu a nuestras decadentes democracias.

Vivimos en un contexto donde el  poder  económico pugna por hacerse con el poder político, es pues, el momento de  reconsiderar las antiguas ideas griegas asociadas a la política y a la democracia.
 La democracia es en esencia un sistema ideado para que el ser humano pueda realizarse como ser político. Un  sistema pensado para tratar de conseguir la igualdad y libertad de las personas a través de la máxima identificación entre los gobernantes y los gobernados. Un sistema que propugna que el interés común sea definido, redefinido y defendido constantemente por el conjunto de la sociedad.

Es vital que no perdamos estos  conceptos.  Ya sabemos que la idea de que el interés común sea definido y ejercido por el conjunto de la sociedad, ha sido siempre una idea aborrecida por todo tipo de poder establecido, es decir: la democracia bien entendida ha sido y sigue siendo un proyecto radical y revolucionario, tal como lo fue en sus viejos orígenes.

La idea de que la democracia moderna es una adaptación de la antigua democracia ateniense a la complejidad de nuestras sociedades actuales es totalmente falsa.  La verdad es que no son ni la herencia ni la continuación de aquel proyecto griego.  Son más bien la expresión de una oposición entre el interés general y el interés de ciertas elites que utilizan el prestigio de la democracia para legitimar sus propios intereses.  Nuestras democracias son como oligarquías encubiertas.

Numerosos ejemplos la alejan de la vieja democracia ateniense: la falta de participación ciudadana, el silencio cómplice ante la promovida desafección política, las intrincadas estructuras de representación, la mecánica de los partidos, los intereses que estos defienden, el poder de los distintos grupos de presión, y sobretodo, la creciente brecha entre los gobernante y los gobernados.

En aquellos orígenes no existía esta oposición entre el gobierno y los ciudadanos, porque los ciudadanos eran el gobierno. No existían partidos con estructuras jerárquicas, listas cerradas o disciplinas de voto. Por el contrario, una amplia asamblea era la encargada de definir y redefinir constantemente lo que era l interés  común.

No existía la profesionalización de la política ni apoltronamiento en los puestos de poder, sino una implicación de todos en las causas comunes y por un espacio limitado de tiempo. Existían figuras jurídicas apropiadas para exigir responsabilidades a las decisiones contrarias al bien de la ciudad. Por el contrario hoy tenemos la inmunidad parlamentaria y otras figuras para dar cobertura a la irresponsabilidad. Y lo más importante, en aquellos momentos todos los ciudadanos tenían experiencia política, cada uno podía ser presidente de la asamblea por un día y por sorteo y debía encontrarse en condiciones de poder aceptar ese cargo.

Pero Olalla no nos está diciendo que debamos copiar aquel viejo sistema, pero sí que deberíamos peguntarnos que espacio  reservan hoy nuestras  democracias a la implicación del ciudadano en la política, y es que ¿puede existir una democracia sin implicación?

En este contexto actual nos enfrentamos a dos enormes desafíos: resemantizar los conceptos y conquistar la política. El primero porque la palabra democracia ya no designa lo que debería designar deontológicamente hablando, y el segundo, porque solo si reconquistamos la política, podremos aspirar a definir y a gestionar lo que consideremos el interés común. Solo así podrán obrarse los  cambios estructurales profundos que nuestra sociedad precisa para logra una distribución más justa del poder y de la riqueza.
Eso implicará lucha, porque  dichos cambios estructurales no serán nunca propiciados por las elites porque van en contra de sus intereses. En realidad la historia de la democracia ateniense no fue sino la historia del paso progresivo del poder a manos de los ciudadanos.  Ciudadanos pioneros que consiguieron crear un Estado identificado con la sociedad. En otras sociedades históricas, incluidas las nuestras, el Estado, distanciado, ejerce sobre la sociedad un poder coercitivo, un poder  al que los más influyentes consiguen en el fondo sustraerse. Y de esta manera, sin el control efectivo por parte de la sociedad,  prosperan en su relación con el Estado los grupos de presión, los conspiradores,  y lo que es por, la fuerza económica acaba traduciéndose en fuerza política.

Ahora bien, ¿queremos realmente una democracia, o nos basta con esta actual doctrina del único camino? Si es lo segundo, no es preciso hacer nada, vamos hacia allá. Seguirá creciendo la desigualdad, desvirtuándose la política, perdiendo contenido semántico y real, la riqueza de todos devendrá pronto en propiedad privada de unos pocos y la mayor parte de los seres humanos acabaran relegados a la condición de esclavos.

Si decidimos lo contrario, reinventar la democracia, se necesita voluntad e implicación. Lo que sus inventores llamaron VIRTUD política,  porque es imposible construir  un mundo diferente sobre una sociedad indiferente. Hay mucho por hacer; desde relatar nuevas constituciones que no sean corsés para la democracia hasta cambiar los parámetros, por ejemplo, con los que se calcula el PIB de los países, desde arbitrar mecanismos para la participación ciudadana en la toma de decisiones políticas, hasta cambiar la forma en que se financian los Estados, desde erradicar los mercados especulativos hasta establecer rentas básicas.
Desde convertir los referenda en un ejercicio frecuente de soberanía, hasta establecer el derecho de destitución de los políticos electos. Construir el futuro mirando a los orígenes no significa quedarnos atrapados en los viejos logros de los antiguos, sino seguir buscando lo que ellos buscaron, y no a ciegas, sino con el privilegio de poder pisar sobre sus huellas, generando medios y herramientas adecuados a la realidad de hoy.

Este doble desafío; resemantizar conceptos y reconquistar la política, en definitiva, rejuvenecer la democracia recaerá cada vez más sobre una sociedad envejecida. Y por eso se impone un cambio cultural, de mentalidad a nivel personal y social que nos lleve a reconsiderar la senectud profundamente. Y eso solo se consigue tomando conciencia y ayudando a tomarla.

El envejecimiento demográfico es un hecho incuestionable que exige un ejercicio de concienciación para poder asimilarlo, gestionarlo y enriquecernos con él. La sociedad debe dejar de ver a sus mayores como un grupo pasivo,  dependiente y parasitario del erario público.  Si el sistema presenta esta visión y la esgrime como apocalíptica, es precisamente por ser la que más contribuye a su continuidad. Nada conviene más a un  sistema egoísta  que una población sin autoestima y con conciencia de culpa, dispuesta a aceptar como algo inevitable el trato deficiente que recibe sin oponer  resistencia.

Por eso si el reto de hacer rejuvenecer la democracia recaerá sobre una sociedad envejecida debemos comenzar por reconsiderar el posicionamiento marginal y pasivo de la llamada tercera edad. Resituarla con justicia en la conciencia colectiva fuera de los estereotipos peyorativos que se le asignan y descubrir y cultivar su potencial político.
Debemos empezar a cuestionar la imagen que por lo general nosotros mismo tenemos de la senectud, porque de cómo la percibamos dependerá sin duda el tratamiento social y político que le demos.

Desgraciadamente nuestra imagen de la senectud está cargada de prejuicios. La asociamos a la perdida de facultades esenciales, a la decadencia intelectual, a la desvinculación social y al aislamiento, al empeoramiento del carácter y al conservadurismo político y a la inflexibilidad moral. Pero está en  la edad  el origen de  estos males o ¿es la forma de vivir nuestras propias índoles y las pautas que nos imponen nuestro entorno?

Debemos reconocer heterogeneidad entre los viejos, formados por innumerables experiencias de toda una vida. Reconocer y explorar pues la individualidad es abrir camino hacia el entendimiento y la justicia. Debido a los cambios que nuestra sociedad ha experimentado, especialmente en lo que a la esperanza de vida se refiere, lo lógico sería que reconsideráramos nuestro sentido de la plenitud, nuestro  criterio de potencialidad  vital. No es viejo quien tiene muchos años sino quien tiene las facultades mermadas.

Los nuevos viejos ciudadanos no deben ganar solo fuerza reivindicadora como grupo social, deben ganar poder político para el conjunto de la sociedad, ese es el verdadero reto pensando en el futuro de la democracia, una democracia digna de su nombre no debe carecer de vías para aprovechar el potencial político de las personas en sus años de mayor madurez, y si no existen esas vías esas hay que crearlas. Sócrates decía que la democracia más segura y más justa es aquella que confía los cargos a los más capaces y otorga a la ciudadanía el control sobre ellos.

La activación política de la ciudadanía avanzada no debería limitarse a un mayor peso de su voto en unas elecciones convencionales, ni a un ligero incremento de consideración por parte del establishment. Debe ser una ganancia sustancial para el conjunto de la sociedad, una irrupción en el sistema para forzarlo, una participación activa desde dentro y desde fuera de las instituciones políticas que permitan a esas personas ofrecer su valía de maneras diversas al conjunto de la sociedad. Colaborando con las generaciones más jóvenes, aportándoles su experiencia adquirida, su dedicación, su tiempo, ayudando con su criterio a definir lo que conviene a todos en materia de redistribución de la  riqueza, en materia de derechos y obligaciones y, sobretodo, en materia de prioridades en la sociedad. Desgraciadamente no estamos cerca de esto, contra el propósito de otorgar a lo mayores el peso político que en justicia les corresponde obra el prejuicio de que representan el conservadurismo, el inmovilismo, y el pasado. Pero si nuestra actual generación de mayores peca de inmovilismo o de vulnerabilidad a la demagogia es porque el sistema en que les tocó vivir su juventud tuvo más interés en mantener el orden,  fomentar la sumisión y desalentar la movilización política que en cultivar la virtud democrática, pero no hay porque pensar que los mayores del mañana hayan de ser así.


En una democracia debemos preocuparnos siempre, todos,  porque a la vista está que lo que no decide la política lo decide el mercado y siempre según su conveniencia.  Concluye Olalla, convencido de  que si nuestra democracia esta envejecida es por la misma razón que decía Galeno:  “porque no es viejo quien tiene muchos años sino quien tiene mermadas su facultades”.

Pedro Olalla (Asturias, 1966) es escritor, helenista, profesor, traductor, fotógrafo y cineasta. Treinta títulos originales en diferentes lenguas y una larga serie de realizaciones en distintos países marcan la carrera creativa de este filoheleno español afincado en Grecia. Sus obras literarias y audiovisuales—que exploran y dan a conocer la cultura griega combinando elementos literarios, plásticos y científicos mediante un lenguaje marcadamente personal—han ganado la estima de un público exigente y de prestigiosas instituciones como la Academia de Atenas, la Fundación A. S. Onassis o la Universidad de Harvard. Junto a su nuevo libro Grecia en el aire, se cuentan entre sus últimas obras Historia menor de Grecia (Acantilado, 2012), Arcadia feliz, Atlas Mitológico de Grecia, Nuevo Diccionario Griego-Español (Texto), la serie de televisión Los lugares del mito, el audiovisual ¿Por qué Grecia? y el largometraje Con Calliyannis, nominado al premio Mejor Película Documental de la Academia de Cine Griega. Por el conjunto de su obra y por su labor en la promoción de la cultura griega, ha recibido, entre otros importantes reconocimientos, el título de Embajador del Helenismo.






















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