lunes, 21 de marzo de 2016

Lev Tolstói. Sonata a Kreutzer


El 20 de noviembre de 2010 se cumplió un siglo de la muerte de este genial e intenso novelista ruso; el conde Lev Nikoláyevich Tolstói. Aunque sus obras “Guerra y Paz”, “Anna Karenina” o “Resurrección” son las más conocidas por el gran público, este prolífico escritor nos deleitó con numerosos cuentos, relatos cortos, ensayos, artículos, cartas, sus diarios y, como no, otras obras de enorme calidad, entre ellas “Sonata a Kreutzer” (1891) la novela corta que hoy reseño. 

Su obra destaca por la claridad y franqueza con la que presenta actitudes y comportamientos humanos que- aunque no nos gusta vernos reflejados en ellos-, inevitablemente forman parte de nuestra conducta al adoptar unos valores que nos han sido impuestos. Tal vez, el acercamiento sin ambigüedades hacia las actuaciones y pensamientos universales de los seres humanos sea la causa de la permanencia y vigencia de su literatura en la actualidad.

Junto a "Felicidad conyugal" y "El diablo", "Sonata a Kreutzer" (1889), son las tres obras en que trata específicamente la cuestión de la vida matrimonial. La novela es corta pero intensa,  te atrapa enseguida y no te suelta, su ritmo es vivo y va in crescendo a lo largo del relato, su lenguaje ágil, divertido, claro y elegante. Todos estos ingredientes componen una magnífica obra que recominendo leer al que quiera acercarse a Tolstói por primera vez. 
Pózdnyshev, el protagonista quiere advertirnos sobre los peligros del amor carnal, la sexualidad y la lujuria, fuentes de grandes males que a él le han llevado a cometer un acto deleznable. También hace un llamamiento a la abstinencia, a no caer en el juego de la seducción desplegado por la mujer, y a resguardarse del matrimonio. Cabe decir que mientras Pózdnyshev hace este alegato contra el matrimonio, la pasión y el amor carnal, la mujer de Tolstói; Sofía Andréyevna Bers, traía al mundo a su noveno hijo. Ésta, hija de un medico moscovita, tan solo tenia 18 años cuando se casó con Tolstói y  entre 1863 y 1888 tuvo ¡13 hijos! lo que significa que se pasó embarazada 25 años con muy pocos meses de intervalos. Ambos mantuvieron una relación intensa que llenó numerosas páginas de los periódicos de la época. Sofía amaba a su marido y le ayudaba en su labor creadora, pero no compartía totalmente sus creencias. Tolstói era un hombre huraño y ella no llevaba bien que, siendo nobles con posibles, vivieran de forma modesta, humilde y bastante aislada de la alta sociedad. 



 Sonata a Kreutzer

Durante un viaje en tren varios pasajeros discuten sobre el matrimonio concertado, el amor y el divorcio – tema que ocupaba a la opinión pública europea del momento-. En un rincón, apartado de los demás, se encuentra nuestro protagonista. En silencio escucha atentamente las diferentes posturas para acabar sentenciando que el amor verdadero no existe y que el matrimonio es un fraude. Él sabe de lo que habla porque Pózdnyshev se ha visto inmerso en un matrimonio tormentoso, lleno de pasión, odio, ira y celos que ha terminado trágicamente. 

Pózdnyshev decide contarnos su historia y hacernos partícipes de sus reflexiones. Sus pensamientos, argumentados con gracia y claridad, giran en torno a un tema central: las relaciones entre los hombres y las mujeres y la hipocresía de la sociedad burguesa en torno a ellas. Él lo tiene claro, el amor verdadero no existe, el hombre es un depredador que tiene como objetivo final conseguir el cuerpo de la mujer, lo necesita para saciar su irrefrenable instinto sexual y el matrimonio le permite hacerlo de forma segura, regular y dentro de la moralidad. La sociedad burguesa, falsa y armada de doble moral, permite a los jóvenes varones de la nobleza llevar una conducta libidinosa mientras a las muchachas  les niega el derecho a disponer libremente de su sexualidad. Pero esas criaturas inocentes – considera  Pózdnyshev - se transforman una vez casadas y, sabedoras del poder de su sensualidad, subyugan al hombre y lo acaban manejando a su antojo. 

Al igual que nuestro protagonista, Tolstoi vivió su juventud como todos los jóvenes de su posición; de forma disoluta, en el vicio y en la verdadera depravación que está en: “sentirse liberado de todo compromiso moral hacia la mujer con la que estableces un contacto físico”.

Pero al llegar a los treinta años Pózdnyshev decide buscar una esposa y formar una familia y como no podía ser de otra forma buscará una muchacha pura e inocente. Lo tendrá fácil porque en esta hipócrita sociedad,  los padres, ante la presencia de hombres ricos y bien posicionados, muestran, como si de un escaparate se tratara, a sus hijas aleccionadas en el arte de la seducción. Estos padres, al tanto del pasado relajado y libertino del pretendiente, no dudan en entregarles encantados a sus inocentes hijas formalizando una venta bajo el eufemismo del matrimonio.

Nuestro hombre quería empezar bien la relación y al igual que Tolstói en la vida real le entregó a su prometida un diario donde explicaba todas sus andanzas de juventud. Buscaba prevenirla y, tal vez, advertirla de la clase de persona con la que compartiría su vida. La joven muchacha, al igual que Sofía hizo con Tolstói aceptó sin más su pasado.

Así se casó Pózdnyshev, seducido por la belleza y la sensualidad de su esposa. Atrapado por la pasión confundió el deseo por el amor  y así, una vez saciada esa pasión, la ilusión y el enamoramiento se desvanecieron y dejaron paso al odio y la rabia. La historia del matrimonio de Pózdnyshev nos irá atrapando, las peleas cada vez más fuertes de la pareja parecen condenarla a un final trágico. Los celos, presentes durante todo el matrimonio, en vez de extinguirse con el paso de los años aumentan llevando a nuestro protagonista a un punto de locura sin retorno.
 El final, intenso y fuerte, es el resultado de los actos de un hombre que, a pesar de su preparación, ha sido débil y se ha dejado arrastrar por la pasión y la sensualidad. 


La obra pintada por Prinet lleva por título "La Sonate à Kreutzer" y fue exhibida por primera vez el año 1901. Se inspira en un pasaje de la novela donde la mujer de Pózdnyshev interpeta la pieza de Beethoven que titula la novela junto a un violinista que la pretende. Los celos que se desatan en el marido después de ver la emoción y la turbación en la mujer al interpretarla son el detonante que precipita el dramático final.
René François Xavier Prinet.(1901)  La obra inspirada  en "Sonata a Kreutzer"


Recomiendo la lectura de este espléndido artículo sobre Tolstói escrito por Emma Rodriguez si queréis conocer más a este enigmático autor.
 

   
 

jueves, 10 de marzo de 2016

Conferencia Nuccio Ordine. “En defensa de lo inútil”.



El pasado mes de febrero el filósofo italiano Nuccio Ordine pasó por Barcelona con motivo del 30 aniversario del Instituto de Humanidades de la ciudad condal. Fue un acierto, sin duda, porque nadie mejor que el autor del manifiesto: La utilidad de lo inútil” (Editorial Acantilado, 2013) – un ensayo que va ya por su decimotercera edición-, para expresar la necesidad de defender el estudio de las humanidades en el actual contexto capitalista. 

Nadie mejor que este destacado profesor de literatura, especializado en el renacimiento y en el pensamiento del polifacético Giordano Bruno, para despertar nuestras conciencias y animarlas en la lucha contra el desangelado y despiadado monstruo del utilitarismo, contra la aberración que significa considerar inútil aquello que no produce un beneficio económico inmediato.

Vivimos en un sistema dirigido por la lógica del mercado, en un contexto social donde cada elección, cada gesto, cada palabra y cada acción, deben doblegarse ante la lógica material. Un mundo donde parece un acto heroico cultivar una pasión o un interés en nombre de un placer desinteresado y gratuito. El actual contexto político, social y económico está, cada vez más, dominado por la dictadura del utilitarismo. Nada resulta valioso si no puede contestar fácilmente a la pregunta: para que sirve? Parece sencillo responder a la cuestión si lo que se analiza es una herramienta, pero es más difícil abordarla cuando queremos explicar para qué sirve la música, la poesía o el arte. Por eso, con tristeza, Ordine afirma:” dentro del universo del utilitarismo un martillo tiene más valor que un cuadro”.

El utilitarismo ya ha invadido ámbitos y espacios de nuestra vida que deberían preservarse de la lógica del beneficio, porque no todo puede ser transformado en mercancía. El profesor Ordine se refiere al patrimonio artístico, valorado a menudo según su rentabilidad económica por encima del valor cultural; se refiere también a la investigación teórica, que sufre recortes continuos si no tiene una aplicación inmediata en el mercado, a pesar de que – sin menospreciar el progreso científico que aporta la investigación aplicada- las grandes revoluciones científicas en la historia de la humanidad han llegado de la mano de las investigaciones consideradas inútiles, es decir, aquellas que nacían fuera de cualquier fin utilitario. Pero sobretodo, el profesor se refiere a las instituciones educativas. La gestión empresarial, que no vacila en desprenderse de una rama improductiva, no puede aplicarse en el mundo de la enseñanza, transferir estos principios a la universidad no es solo una aberración, sino también un peligro. Si desaparecen departamentos o disciplinas que no tienen matriculaciones masivas – los alumnos tratados como clientes-, como el latín o el griego, la filología, la paleografía, o incluso la arqueología, se nos está condenando a la amnesia, y el resultado es que: “tendremos una humanidad desmemoriada que perderá completamente el sentido de la misma identidad y de la historia”.

Y todo esto, nos advierte Ordine, tendrá consecuencias para el destino de la democracia y de la libertad. Porque llevar a cabo las reformas –amparadas bajo la coartada de la crisis económica- que pretenden orientar la formación de los jóvenes únicamente al aprendizaje de un oficio, es caparles el espíritu, es negarles su derecho a buscar su propia verdad, es mutilarles sus oportunidades de conquistar un saber crítico, de razonar autónomamente y por lo tanto de ser libres.

Estamos ante una crisis moral que ha perdido de vista el valor de la belleza y el papel cívico del arte en la formación de la identidad y el crecimiento cultural de un pueblo. No tenemos conciencia: “de que la literatura y los saberes humanistas, la cultura y la enseñanza, constituyen el líquido amniótico ideal en el cual las ideas de democracia, libertad, justicia, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia y solidaridad, pueden experimentar un vigoroso desarrollo”. Así pues, es importante no olvidar que la enseñanza humanística es una oportunidad que la sociedad ofrece para que intentemos ser mejores.

Invertir en estos saberes inútiles, y en la cultura en general, significa también educar a las futuras generaciones en el amor por el bien común, en el respeto a la justicia y el rechazo a la corrupción. Es también invertir en democracia con el objetivo evidente de, no solo mejorar el crecimiento cultural del país, sino también en el crecimiento económico. Porque la corrupción y la evasión fiscal que drenan nuestros recursos y minimizan nuestras posibilidades, se combaten solo parcialmente por leyes, la lucha efectiva contra estas plagas pasa por la escuela con la formación de ciudadanos con capacidad de amar el bien común y de oponerse a la lógica del beneficio rapaz que ha desencadenado este egoísmo que nos ahoga.

A lo largo de los siglos, numerosos artistas y literatos han insistido en la importancia de los saberes inútiles para lograr que la humanidad sea más humana. Él mismo, en su ensayo anteriormente nombrado, recoge estos testimonios de grandes autores, desde el mundo clásico hasta la actualidad, con la esperanza de transmitir la importancia de la cultura, con el objetivo de hacernos entender que un acto gratuito, que solo responde al deseo de nutrir el espíritu, que un gesto capaz de rehuir la lógica comercial, es necesario. Y lo es, porque por él mismo demuestra la existencia de un valor alternativo a la supremacía de las leyes del mercado y del lucro.

Ordine está convencido que la cultura puede ser un antídoto contra la lógica vencedora del utilitarismo, una forma de resistencia a la dictadura de los mercados. Solo la cultura y el reconocimiento de la utilidad de lo inútil, puede frenar la degradación que el utilitarismo ha abocado al hombre moderno. 

Todos los que pensamos que los estudios humanitas son esenciales para devolver a la humanidad su libertad y dignidad expoliada por la dictadura del beneficio, fuimos exhortados con vehemencia por este brillante hombre de letras a trabajar sin desfallecer, a luchar con valentía e ir contracorriente para llevar nuestra pequeña gota de rocío hacia el incendio feroz del utilitarismo.
 

Si queréis está la versión en catalán que publiqué en la Revista Núvol

viernes, 4 de marzo de 2016

La Europa de Stefan Zweig

 

Stefan Zweig decide escribir su biografía (“El mundo de ayer. Memorias de un europeo” -Ed. Acantilado-) desde el exilio en Brasil. En esos momentos es un apátrida, un proscrito por el régimen nazi que observa con tristeza la locura en la que ha caído su amada Europa. Y así, desde la lejanía y ya en la última etapa de su vida -decidirá suicidarse envenenándose junto a su esposa Lotte el 22 de febrero del 1942- se propone escribir: “…una obra en la que no solo pudiera contar detalles personales, sino también exponer todas mis ideas sobre la época y la gente, sobre la catástrofe y la guerra”.


Y lo hace con su estilo fluido, directo, enemigo de florituras innecesarias, un estilo que resulta el vehículo perfecto para llevarnos a través de esa Europa que él admiró y sufrió. Durante su recorrido vital nos hace testigos de los cambios de conducta, de valores, miedos y anhelos, que la sociedad europea protagonizó desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial. En medio, la Gran Guerra y la posguerra, episodios brutales que inevitablemente transformaron a toda su generación.

Nuestro protagonista nace en el corazón de Europa el 1881, en Viena, la capital supranacional del Imperio de los Habsburgo. Como hijo de una acomodada familia judía pudo acceder a una educación privilegiada que había de ser el punto de salida hacia una buena vida, ordenada y previsible. Porque esa Europa de finales del XIX creía vivir instalada en la seguridad. Zweig nació en un mundo moderado y reglado, donde cada cual tenía marcado su lugar y asignado sus derechos. También era un mundo más tranquilo, porque como él mismo nos explica: “el ritmo de las nuevas velocidades no había pasado aún de las máquinas al hombre”. La sociedad burguesa, influida por el idealismo liberal del siglo XIX, concebía el futuro como una evolución constante. La ciencia y la tecnología con los nuevos descubrimientos alimentaban ese pensamiento optimista. 

El joven Zweig tiene un espíritu cosmopolita y, como muchos europeos de buena posición, es también políglota. El centro de su existencia era la literatura, el teatro y el arte, odiaba lo político y lo dogmático, y como los jóvenes de su generación, rechazaba lo antiguo y lo tradicional. Como todos, crecía constreñido bajo la moral victoriana del siglo XIX. Una moral que evitaba la sexualidad por considerarla molesta, anárquica y peligrosa, y la combatía desarrollando una falsa moral. Esa Europa Imperial aspiraba únicamente a la conservación, por eso rechazaba y se defendía de lo radical. La desconfianza en la juventud era un rasgo de aquella sociedad burguesa, un obstáculo para hacerse un nombre respetable.

Pero ese mundo seguro tenía los días contados, el cambio de siglo vendrá acompañado de un nuevo orden porque las agitadas masas, ahora organizadas y dispuestas a conseguir sus derechos, así lo exigían. También el mundo se acelera, empieza a mecanizarse. En la primera década del siglo XX se inicia un periodo de prosperidad y progreso nunca antes vivido; las comodidades y las mejoras en la calidad de vida se extienden, e incluso llegan al proletariado. Ante semejante panorama resultaba inevitable vislumbrar el futuro con optimismo, con curiosidad y sin miedo. Los avances científicos y tecnológicos llevaron a Europa a vivir su edad de oro y esta se mostraba ante el mundo, soberbia y orgullosa.

Zweig se pregunta si el orgullo y la confianza que flotaban en la atmósfera no eran, en realidad, un peligro: “¿Quizá el progreso había llegado demasiado deprisa?”. Él lo tuvo claro, ese ambiente preñado de optimismo, de confianza colectiva, de crecimiento y empoderamiento de los hombres y de los estados, acabó concentrando un exceso de fuerzas que estallarían en el 1914. Piensa que: “todos ellos se sintieron fuertes y todos querían más, algo más de los demás”. En ese ambiente sobre excitado la diplomacia tensaba la cuerda hasta el límite en las relaciones con otros países, convencidos que el adversario recularía llegado el momento de la verdad. Se creaban alianzas con marcados tonos belicistas y una inquietud lenta, pero in crescendo, se instalaba en los europeos.

El odio había penetrado a través de la propaganda y una histeria colectiva parecía adueñarse de las masas ante la indiferencia y pasividad de los intelectuales, que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Zweig también asume su mea culpa: “nuestro idealismo colectivo, nuestra fe ingenua en que la razón evitaría la locura en el último momento, nuestro optimismo condicionado por el progreso nos llevó a ignorar y despreciar el peligro”.
Curiosamente, una vez declarada la guerra, el entusiasmo se despertó en la población. Las masas se manifestaban inflamadas de patriotismo y envueltas en banderas, y los jóvenes corrían a alistarse. Sin embargo, durante el transcurso de la contienda el desencanto por la sangría que se estaba produciendo calaría y la desconfianza acabaría por instalarse en la población; desconfianza ante el dinero que cada día perdía valor, hacia los generales y los oficiales, hacia la diplomacia, hacia los comunicados y la prensa, y sobretodo, hacia la necesidad de una guerra.

El desenlace del conflicto el 1918 dejó un panorama en Europa desolador. Un contexto de miseria donde la inflación fue la protagonista. La carestía de alimentos y la falta de viviendas se volvieron insostenibles, una situación que se agravó tras el regreso de soldados licenciados y prisioneros de guerra. En ese entorno de escasez aparecieron los “acaparadores”, hombres que recorrían enormes distancias para hacerse con víveres de los campesinos y revenderlos en la ciudad a unos precios exorbitados, muy alejados de los máximos fijados por la ley. La desconfianza en la moneda se extendió, se desconocía el valor de las cosas, pero todo el mundo salía a comprar lo que estaba en venta porque el dinero no valía nada.

El ahorrador ve como su esfuerzo se volatiliza y se empobrece, el que acata las normas en el reparto de alimentos muere de hambre mientras el especulador y el carente de escrúpulos sobrevive. Sin embargo, los austriacos se acostumbraron a la inestabilidad financiera de la vida diaria y, en palabras de Zweig: “la gente empezó a apreciar cada vez más los auténticos valores de la vida: el trabajo, el amor, la amistad, el arte y la naturaleza [ …] porque, traicionados por el dinero, nos dábamos cuenta de que sólo lo eterno que llevamos dentro es lo realmente estable.”

Otra transformación se dio en los europeos; dejaron de confiar en la infalibilidad de las autoridades que les habían engañado con la guerra y traído la desesperación: “la generación de la posguerra se emancipó de golpe, brutalmente, de todo cuanto había estado en vigor hasta entonces y volvió la espalda a cualquier tradición, decidida a tomar en sus manos su propio destino”. En todos los campos se iniciaron movimientos que pretendían desmarcarse de lo anterior, fueron tiempos de –ismos, una época anárquica y alocada, donde lo extravagante triunfaba y la normalidad y la moderación se consideraban desfasadas. La guerra había pasado y el instinto les decía a los jóvenes que la posguerra tenía que ser diferente a la preguerra. Pero no era verdad, la guerra no estaba enterrada.

El mismo Zweig, testigo en Italia de una actuación de un grupo de jóvenes apaleando obreros durante una huelga general, ya intuyó los tiempos negros y peligrosos que se aproximaban nuevamente al continente, de la mano de un fascismo que se estaba organizando y se mostraba atractivo a los jóvenes.
En Alemania cogían fuerza las sociedades secretas, con generales degradados y resentidos entre sus filas, que intoxicaban a la población difamando al gobierno por aceptar una paz, en su opinión injusta.
La brutal inflación que sufrió Alemania, el pánico que se instaló en la población, la decadencia de todos los valores y el enfado de los burgueses estafados, fue campo abonado para las fuerzas contrarrevolucionarias que supieron aprovechar el odio que los alemanes sentían para canalizarlo hacia la República que había permitido todo eso. La sociedad alemana –nos dice Zweig- más que la libertad prefería el orden y cualquiera que les vendiera ese orden sería bien recibido.

Zweig no recuerda la primera vez que oyó mencionar el nombre de Hitler, para él, al igual que para muchos alemanes en un primer momento, no era más que un simple agitador. Resultaba impensable para la elitista sociedad alemana, que un hombre sin preparación académica y carente de “pedigrí” pudiera aspirar a un puesto de responsabilidad y poder. Sin embargo, era evidente que recibía apoyos. Poderosos intereses financiaban y favorecían esos movimientos violentos protagonizados por grupos de jóvenes y estudiantes fascistas que tenían como objetivo infundir terror.

El autor delata a la industria pesada como principal fuente, aunque también reconoce que Hitler encandiló a amplios sectores sociales prometiendo y pactando cosas que luego no pensaba cumplir. Así llegó al Reichstag y fue aceptado, incluso de buen grado, por casi todos los otros grupos parlamentarios. Evidentemente, le subestimaron. El nacionalsocialismo tanteaba el terreno cometiendo actos violentos seguidos de pausas para ver la afectación causada y así medir hasta donde podían llegar. Poco a poco aumentaban la presión sobre una Europa que se debilitaba por momentos e iban curtiendo la conciencia mundial.

Zweig intuyó que corría riesgo al constatar que muchos de sus conocidos y amigos dejaron de visitarlo, e incluso le evitaban, porque no querían mostrarse en público con un judío y decidió marcharse de Austria e instalarse en Londres. Desde allí pudo constatar la ceguera política de Europa respecto a Hitler. Inocentes, creían que se contentaría con atraer a los alemanes de los territorios fronterizos y que, de rebote, acabaría con el bolchevismo. Pero a pesar de las capitulaciones que se hicieron ante él, Hitler continuó exportando su brutalidad, acabando de un plumazo con la esperanza y el sueño que habían acompañado a Stefan Zweig a lo largo de toda su vida; la ilusión de alcanzar, al menos, la unión espiritual de todos los europeos.

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