viernes, 12 de febrero de 2016

Sumisión. Michel Houellebecq.


 
El protagonista de esta novela de política ficción es François, un profesor de la Universidad de Paris III-Sorbona. Allí imparte, sin demasiado entusiasmo, clases de literatura y es que François es especialista en Joris-Karl Huysmans, un escritor naturalista del siglo XIX (autor de Al revés) que, además de ser para él un referente vital, también fue el objeto central de su tesis, un trabajo académico importante y sobresaliente que le reportó prestigio internacional y encaminó su carrera profesional como docente.  

Sin embargo, esa brillantez intelectual se ha estancado y es que François no es un hombre ambicioso, es más bien un tipo apático, conformista, desmotivado e incluso en decadencia, al igual que la sociedad occidental a la que pertenece.

La novela arranca en la Francia del año 2022 a escasos días de iniciarse la primera vuelta de las nuevas elecciones presidenciales. François no es un hombre especialmente interesado en la política, pero esta vez le prestará atención a unos comicios que se anuncian sorprendentes. A través de su narración conoceremos la situación política y social que atraviesa su país.

La Francia de esos días vive aún la resaca de la crisis que ha azotado a Europa y empieza a ser testigo de episodios violentos y es que esa larga crisis, además de importantes secuelas sociales, ha tenido consecuencias políticas. Los partidos que hasta el momento se disputaban la alternancia política; la derecha tradicional y el partido socialista, están en franco declive. Ambos, que parecen vivir alejados de la realidad del país, han perdido fuelle y apoyos. Se ha producido una polarización extrema en la política francesa, muchos votantes del centro-derecha se han decantado hacia el Frente Nacional – que cobija al movimiento de tintes fascistas de los identitarios-  dirigido por una Marine Le Pen que se erige como la salvadora de los valores nacionales franceses (Houellebecq se pregunta qué valores son esos). Por el contrario, antiguos votantes del Partido Socialista han girado más a la izquierda y miran sin recelo al nuevo y carismático líder; Mohammed Ben Abbes y a su partido islamista modero de la Hermandad Musulmana. 

La primera vuelta, tal como algunos analistas predijeron, deja a los socialistas y al centroderecha fuera de la lucha por la presidencia y coloca a las formaciones más extremistas en primera línea. Los disturbios y enfrentamientos entre jóvenes pertenecientes a ambos bandos siembran las calles de temor, aunque no pueden evitar que la segunda vuelta se produzca. La victoria será para la Hermandad Musulmana que ha recibido el apoyo de los socialistas en un intento de estos por conservar algunas áreas de poder.

La victoria del Partido islamista en una nación tan protagonista en Europa como la francesa no es una idea tan descabellada para François ya que él mismo es testigo de la miseria que se ha extendido en el país y también de la nueva demografía europea. Houellebecq inserta aquí una crítica – o un aviso- a la socialdemocracia que está llevando a Europa al suicidio. El argumento es claro: la llegada de los inmigrantes a Francia como resultado de las políticas económicas capitalistas no ha hecho más que aumentar. Estos colectivos presentan una tasa de natalidad superior a la de los franceses – aunque esta sea de las más altas de Europa- por lo que los autóctonos estarán condenados a la extinción. El laicismo ilustrado aparece aquí como el enemigo de la familia, la célula central de la sociedad que Ben Abbes y el islam político quieren volver a imponer. Es la comunidad, el grupo y la tradición frente al individualismo y el desmembramiento de las relaciones humanas que la socialdemocracia ha favorecido.

Nuestro protagonista es un ejemplo perfecto de ese individualismo y de la pérdida de entusiasmo que parece asolar a nuestra sociedad. El término anomia le viene a François como anillo al dedo. No podemos decir que vive, solo que sobrevive, que se deja llevar, que ni siente ni padece (la muerte de sus padres es un puro trámite administrativo para él) y hace gala de una frialdad que resulta incluso incómoda. Hasta sus relaciones sexuales han abdicado del placer y la pasión, parece sexo robótico (creo que el término que utilizaré será sexo anatómico-forense: anatómico porque hay cuerpos y forense porque parecen muertos). La indiferencia hacia sus congéneres y sus escasas e insatisfactorias relaciones sociales le han sumido en una soledad cronificada. Sus amoríos, breves, nunca han sido intensos, tan solo Myriam, una alumna de segundo año parece haberle calado. Sin embargo, la joven y su familia judía decidirán marcharse del país tan pronto Ben Abbes llegue al poder por miedo a represalias religiosas.

El cambio en el gobierno no parece afectar en demasía – al menos en un primer momento- a la forma de vida de los franceses, aunque ciertos cambios estéticos – que si parece advertir el machista François- se producen, especialmente en las mujeres (a mi entender las peor paradas en esta obra de Houellebecq). Los pañuelos y la ropa ancha sustituyen a las minifaldas y los escotes, algunas tiendas pierden demanda y clientela y los servicios públicos se deterioran notablemente, todo ello sucede sin que nadie proteste embelesado por un líder que a menudo es comparado con el emperador Augusto. 

Sin embargo, se produce un cambio que si afecta de lleno a nuestro protagonista; no podrá ejercer la docencia hasta que abrace el islam. Es una condición  sine qua non impuesta por el gobierno que ha luchado en los pactos iniciales con los socialistas por el control de la cartera de educación porque como bien sabe Ben Abbes: “quién controla a los niños controla el mundo”.
 Algunos de sus colegas se han convertido y disfrutan de un generoso sueldo – los petrodólares de las monarquías árabes ayudan a Ben Abbes-, y de una vida conyugal que fomenta la poligamia. Por el contrario, el ateo François, se encuentra aún más solo, jubilado en la cuarentena – aunque con una buena pensión-, abandonado por Myriam y abocado a la autodestrucción, la prostitución, los excesos y el aburrimiento. Es el momento de cambiar, de salir, de buscar una solución, de poner algún obstáculo que desvíe la trayectoria que François ha emprendido hacia el suicidio (al igual que nuestra sociedad).  Copiando a Huysmans, su referente, decide retirarse un tiempo a un convento para encontrar la fe o la esperanza o la paz. El fracaso del retiro deja a François más cerca de la sumisión.

El mismo autor nos revela su intención en una entrevista: “ la construcción de este libro es bastante simple: pongo en escena a este personaje y progresivamente le quito todo. Empiezo por lo más grave, le quito el amor. Después, y ya es menos importante, le quito a sus padres. Después, en esa escena en la iglesia de Rocamadour, le quito la posibilidad de creer en Dios. Y para terminar le quito su relación con Huysmans, que califico como la más antigua de su vida—no le queda más remedio que convertirse.” 

Sí, François una vez más se dejará llevar, porque es lo fácil, porque es lo práctico y porque como hombre es lo mejor, porque necesita algo en lo que creer, una ilusión, una segunda oportunidad de ser feliz. ¿Quién puede recriminárselo?  Houellebecq ha creado a un personaje que practica la religión preferida por Occidente: el pragmatismo. La sociedad contemporánea ha sumido a nuestro hombre en la soledad del individualismo, a la superficialidad en las relaciones, al desmembramiento de la familia, lo ha dejado como un náufrago en medio del océano sin un flotador al que agarrarse y sin ningún faro que le guie, es evidente que en tales circunstancias un tronco que abrazan muchos le parezca una tabla de salvación.

El autor, Michel Houellebecq (el seudónimo de Michel Thomas) es poeta, novelista y un polémico ensayista. Sus declaraciones, poco amigas de lo políticamente correcto, y también algunos de sus argumentos literarios le han supuesto ataques, descalificaciones, amenazas de muerte e incluso un juicio en París por incitar al odio racial e injurias al islam, cargos de los que fue absuelto.  Sin duda un personaje extraño, con una vida personal marcada por el abandono de sus padres en su infancia, que refleja en sus obras y en sus protagonistas la decadencia de la clase media europea como pocos.


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